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Historia

La sociedad Española de Glaucoma. ¿Una Sociedad necesaria?

Previamente a la constitución de la Sociedad Española de Glaucoma (SEG), existió el Club Español de Glaucoma (CEG) que tuvo sus actividades propias y sus reuniones anuales e i9ncluso una modesta publicación que recibía las aportaciones de los miembros del Club y los resultados de algunos estudios multicéntricos promovidos y programados en el seno del Club.

 

Sion embargo, llegó un momento en que un grupo de los miembros del Club, más o menos identificados con los objetivos del mismo, comenzó a difundir el mensaje de que, siendo el Glaucoma una patología con una entidad propia mucho más relevante que otras que habían desembocado en la constitución de Sociedades de otras subespecialidades de la Oftalmología, parecía ‘intolerable’ que nosotros continuásemos ‘dormitando’ en un Club que, como su propio nombre parecía indicar, recordaba más a una Institución de la Inglaterra del siglo XIX, que a un proyecto de entrar en el siglo XXI con la frente alta, mirando por encima del hombro a las otras subespecialidades de ‘menor cuantía’, que se habían constituido en Sociedades, al amparo de la bonanza económica de la última década del siglo XX y, se habían extendido inundando todo el territorio nacional bajo el paraguas de la industria farmacéutica.

 

Lejos de mirar para otro lado y, recordando lo aprendido de la Historia de la Iglesia que nos ilustró sobre como por la intolerancia de algunos, que se empeñaron en no oír estos ‘cánticos’, el cristianismo se desmembró en un sinfín de subgrupos (Anglicanos, Ortodoxos, Protestantes apellidos diversos, etc.); algunos miembros del Club nos planteamos tratar de encontrar un consenso entre cada una de las corrientes que creaban turbulencias y/o remolinos en las, hasta entonces, mansas aguas de nuestro caudaloso río.

 

Aunque es bien cierto que los afluentes, al entrar en el río principal terminan por aceptar la prioridad de la gran corriente, integrándose en la misma, no es menos cierto que, en algunos casos, los geólogos no tienen una postura definida a la hora de decidir cuál es el afluente y/o el cauce principal.

 

Tratando de evitar estos riesgos, todos renunciamos a principios y lógica y pusimos manos a la obra, para tratar de desarrollar unos estatutos adecuados a la realidad del momento, intentando dar cabida a todas las tendencias para alejar, en la medida de lo posible, el riesgo de ‘cisma’ en el seno de un grupo que, hasta entonces, parecía haber estado bien avenido.

 

Tras una serie de contactos, se formó un grupo de trabajo que, a modo de ‘Corte Constituyente’, tras varias reuniones, fue logrando redactar los estatutos por los que todavía a día de hoy siguen rigiendo nuestra Sociedad.

 

El grupo, de cuya ‘dirección y confección’ me encargaron, se organizó tratando de dar cabida y/o representación a todos aquellos que, de un modo u otro, habían venido desempeñando un papel importante en nuestra subespecialidad, a título individual en ocasiones y colectivo en la mayoría de los casos.

 

Como en todo grupo humano, es posible que se hayan cometido errores tanto de inclusión como de exclusión, pero , como es bien sabido, para que se pueda trabajar con operatividad el número de personas ha de ser forzosamente limitado y, si algún pero se le podía haber puesto al grupo constituido, es que quizá habría sido más eficaz con la mitad o incluso un tercio de sus componentes, aunque entonces habría perdido la necesaria legitimidad que le otorgaba el hecho de que todos o ‘casi’ todos se sintiesen representados.

 

Al sucederse las reuniones, las diversas tendencias se alinearon en torno a las dos opciones principales entre unos estatutos más o menos abiertos o por el contrario más estrictos, con una clara delimitación de funciones, sin mucha opción a la sorpresa y/o improvisación.

 

Frente al razonamiento de los lógicos y pragmáticos, se impuso la mentalidad más estricta y/o germánica por la que finalmente nos decantamos en aras de lograr una transición más relajada y sin sobresaltos, como al fin resultó.

 

Como todo grupo constituyente, que sea digno de ser considerado como tal, al finalizar nuestra labor, una vez aprobados los estatutos por la Asamblea General de la recién fundada Sociedad Española de Glaucoma, y tras su entrada en vigor, presentamos nuestra dimisión para que, de acuerdo con lo aprobado, se procediese a la presentación de las candidaturas de la que sería la primera Junta Directiva, que daría carta de legalidad a nuestra flamante Sociedad.

 

Para dar vía libre a la nueva Sociedad, faltaba todavía un último trámite; la Sociedad Europea de Glaucoma, tenía en su seno, y por tanto era su representante legal al Club Español de Glaucoma y, mientras no hubiese una constancia de la desaparición del Club y la fundación de la nueva Sociedad que lo sustituía, esta no podría ser admitida a formar parte de la Europea. Este trámite se cumplió, pidiéndoles a los que oficialmente representaban en aquellas fechas, al Club en Europa, hiciesen una propuesta dirigida a la Presidencia de la Sociedad Europea de Glaucoma por la que renunciaban a ser representantes del Club en la misma y proponían a los miembros que tuviese a bien designar la nueva Junta Directiva como legítimos representantes de la nueva Sociedad, aceptándola como nueva incorporación a la Sociedad Europea de Glaucoma en sustitución del antiguo Club recién disuelto.

 

Probablemente se hubiera podido evitar hacer esta transformación, sin embargo, desde otro punto de vista y quizá, en aras a mantener la armonía en el seno de los grupos que nos dedicamos al Glaucoma, podemos aceptar que este paso había sido necesario para consolidar la cohesión entre unos grupos de trabajo, quizá no muy numerosos pero si muy consolidados, con una gran productividad y extraordinaria proyección internacional.

 

Podemos por tanto suponer que, habida cuenta de las circunstancias, aunque no fuesen muy sólidos los argumentos que apoyaban la necesidad de haber creado la Sociedad Española de Glaucoma, esta surgió simplemente para tratar de superar posibles disfunciones en el seno del Club, que habrían podido desestabilizar las buenas relaciones entre los glaucomatólogos. Por tanto si aceptamos este supuesto, no nos queda más remedio que admitir que los pasos dados fueron sencillamente necesarios.

 

Julián García Sánchez